Las Crónicas de un continuo despertar
Participe en actividades extracurriculares en la primaria, tocando instrumentos de viento y conduciendo programas en los días de las madres, obras de teatro, atletismo y demás.
Pero lo que más anhelaba era aprender carpintería.
Cuándo entre a la secundaria, por ahí del año 93, me inscribí en la lista de solicitantes al taller el maestro Tondopó. con alegría y gusto, esperando que me dijeran que días me correspondía asistir y comenzar con el trabajo.
El día de asignación asistí y junto con los demás muchachos que esperaban en la puerta esperé.
Llegó nuestro maestro y. sin saludar siquiera, comenzó a abrir la puerta del salón.
Ni siquiera me dejó ingresar. Me quedó viendo con un tono molesto y en son de regaño me dijo que el salón de costura estaba al costado.
Nerviosa y humillada, le dije que realmente mi intención era tomar su curso, que realmente quería aprender a hacer muebles y ornamentos en madera. Sólo sonrió.
Con aires de superioridad, me dijo que él no se iba arriesgar a que una niña saliera lastimada en su área de trabajo. Que las niñas no estaban para meterse a esos talleres, donde se necesitaba fuerza.
Júrole lector, lectora, que en ese momento tuve tanta furia y frustración que sólo lo observe diciéndole que yo tenía tanto derecho a aprender como cualquiera, pero las burlas y risas de los demás compañeros del taller -todos varones- ahogaron mis palabras.
Ese día fui a quejarme a la subdirección, a la dirección y hasta con el intendente, muchos me tildaron de loca y neurótica pero logré mi cometido.
Me llamaron para entrar a la dichosa clase una semana después. El maestro, seguramente molesto, me dijo que después de todo el escándalo podía entrar.
Me dio gusto. Tanto que sonreí y le di las gracias, pero no acepté su oferta.
Ya había decidido ingresar al taller de electricidad con el profesor Lobato, del cual también era su primera alumna femenina, pero no tenía ningún prejuicio hacia mi persona y recibió con gusto a la rijosa que se le atravesó frente a la puerta.
Recuerdo con afecto y nostalgia esa época, disfruté mucho el “romper barreras” dentro del programa escolar, y al paso del tiempo, ver a más niñas ingresar a esos talleres y viceversa en los varones, ya sin machismos heredados y enseñados por los mismos maestros.
También ellos aprendieron, digo yo.
Es claro que este día simbólico es tan sólo un placebo que en muchas ocasiones la sociedad política nos brinda para hacernos sentir y tal vez, creer que algo se está haciendo o logrando en pro del libre acceso de todos y todas a las actividades que deseemos realizar.
Si bien es cierto que existen avances en aspectos políticos, aún el margen probatorio está en papel, en promesas de crecimiento, en programas de impacto que han modificado muy poco el entorno de seguridad y equidad para nosotras las mujeres.
Seguimos siendo explotadas, incluso por nuestras mismas compañeras de género.
Usadas como estandarte en las campañas, destituidas y olvidadas cuándo ya no somos de utilidad para el panorama político.
La realidad es que no estamos aquí para ser una versión agraciada de un varón, ni para ser una versión tosca de la feminidad cuando exigimos el respeto a la igualdad, porque esos son tópicos que aunque negados, ya están más que entendidos por esta generación.
Hasta el más reticente de los varones y la más obsoleta de las mujeres conoce el concepto de la equidad y el por qué de su exigencia, la diferencia es la decisión de aceptarla y hacerla parte de nuestro hacer cotidiano.
Me gusta este mes porque, al ver tanta publicidad, entiendo que es necesario trabajar más por lo notorio de la reafirmación de lo que supuestamente se ha hecho.
En fin, hoy es el Día de la Mujer.
De la mujer trabajadora, de la mujer trabajada, la oficinista que hace doble, triple jornada por su familia, por su pareja y por ella misma; el día de la estudiante que corre, se desvela y trabaja muy temprano y aún así cumple con sus débitos universitarios; el de la ama de casa que hace mucho con poco, que deja a un lado el fardo de pesares de la vida cotidiana y sonríe para sus hijos, heroína silenciosa y creadora del futuro de nuestro país.
Y bien lo dijo:
Y Dios me hizo mujer/ de pelo largo/ojos,/nariz y boca de mujer.
Con curvas /y pliegues/y suaves hondonadas /y me cavó por dentro/me hizo un taller de seres humanos.
Tejió delicadamente mis nervios/y balanceó con cuidado/el número de mis hormonas.
Compuso mi sangre/y me inyectó con ella/para que irrigara/todo mi cuerpo;
nacieron así las ideas/los sueños/el instinto.
Todo lo que creó suavemente/a martillazos de soplidos/y taladrazos de amor,
las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días/por las que me levanto orgullosa
todas las mañanas /y bendigo mi sexo.
Gioconda Belli
Ergo sum qui sum.
Pero, eso lo digo yo.


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