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Las crónicas de un continuo despertar

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Este es el mes de las mujeres y de los hombres que con su solidaridad traslucen el placer de vivir en la plenitud de la igualdad.

Inicia este mes en el cual se le realiza el reconocimiento a la mujer como un ente pensante, activo en nuestra sociedad.

Vulnerando en base a estándares sociales y a siglos de represión pero capaz de decidir, crear, compartir y luchar a la par del mas “duro” espécimen de genero contrario.

Y es que este crecimiento continuado ha brotado de las piedras mas adustas, entre la tierra seca, basado en la inteligencia, la tenacidad, el valor.

Va más allá de celebraciones inocuas, donde ponderan a la mujer como un objeto de belleza estética o modelo de abnegación y sufrimiento pasivo como ha sido muy de moda en la tradición fílmica y brutinovelesca en nuestro país.

Es más bien el entender que somos seres intelectualmente capaces de realizar cualquier labor a otro, sin importar definición, color, sexo o sexualidad, es por ello que se denomina equidad de género a la defensa de la igualdad del hombre y la mujer en el control y el uso de los bienes y servicios de la sociedad. 

Esto supone abolir la discriminación entre ambos sexos y que no se privilegie al hombre por sobre la mujer y viceversa en ningún aspecto de la vida social, tal como era frecuente hace algunas décadas en la mayoría de las sociedades latinas.

Citando a Victoria Sendon, para muchos ser mujer no era más que un dato biológico. 

Para quienes hemos leído a Simone de Beauvoir, “ser mujer” significa todo un programa de vida, ya que “no se nace mujer, se llega a serlo”. Nacemos “hembra humana”, pero ser mujer supone superar lo biológico sin anularlo, claro.

De igual manera, como es bien dicho por ahí, hay muchos que nacen “varones humanos” pero hombre, como denominación per se, es un título que conlleva un proceso arduo de crecimiento multidireccional. 

La búsqueda de la equidad es sólo una punta de lanza, no el todo que debería aportar a la sociedad. Va más allá de su mismo nombre.

En los inicios de la lucha por los derechos básicos de las mujeres, este tópico desbordó crisoles mentales en mucha de nuestras compañeras y compañeros solidarios, pero debemos el día de hoy aspirar a más, elevar nuestro nivel humano al máximo de lo posible creativo y no de lo limitado masculino.

En nuestra sociedad hemos heredado una visión del feminismo como ideología represora a través de los medios de comunicación -dirigidos, sobre todo, por hombres- y, según esta visión, una feminista es una mujer difícil. 

Impera un concepto monocromo, unidimensional, del feminismo que se identifica con el feminismo separatista, la corriente más radical del feminismo de los años setenta que propugnaba que, siendo el macho el explotador directo de la mujer, ésta debería distanciarse del hombre, “no pactar con el enemigo”. 

Ahora se requiere una redefinición, para que deje de existir ese absurdo personaje de mujer que dice: “Yo no soy feminista pero (y a continuación va desglosando los puntos fundamentales del ideario feminista, uno por uno) pero aspiro a ganar igual que un hombre, pero no me gusta que se me juzgue sólo por mi físico, pero creo que los medios de comunicación presentan una imagen falsa de lo que es la mujer, etc...”.

La feminista es la mujer que considera que tiene valor por sí misma, y no como medio para conseguir los objetivos de otros: sus fetos, sus hijos, su familia, sus jefes o sus compañeros sentimentales, es decir a los ojos de la sociedad fanática y recalcitrante, todo un monstruo.

Si comparamos a mujeres y hombres, el trato diferenciado que se les asigna desde el nacimiento hace difícil determinar qué se debe a la biología y qué a la socialización, qué comportamiento es femenino o masculino per se y cuál no. Masculinidad y feminidad en nuestra sociedad son construcciones relacionales: lo femenino es lo que no es masculino, y viceversa. 

Nada es masculino o femenino de por sí, sólo en tanto en cuanto se lo compare con su opuesto. 

Nuestras abuelas, nuestras madres, nuestras hermanas mayores, defendieron como nadie la teoría de la igualdad. Asumida ésta, ahora nos toca discutir sobre cómo hablar, cómo trabajar, cómo combatir el sexismo día a día. 

En todas las oficinas en las que he trabajado se defendía la igualdad y créame que nunca hubo discriminación por eso, pero si comentarios en contra de mi “seriedad’ poco femenina.

Aún recuerdo con gracia a cierto regidor, que también escribía o escribe aún, que con gracia me comentó que debía ser más jovial y sonreír con más frecuencia a quienes llegaban a la oficina donde laboraba hace algunos años.

Supongo que le pareció sardónico e irreverente el comentario que utilice al responderle.

Mi labor como abogada, en ese momento, era atender cortésmente y orientar a la ciudadanía que llegaba con quejas y preocupaciones, no simpatizar con los funcionarios que debían resolver sus problemas.

Creo que no le parecí simpática y menos jovial. 

Pero se consoló con la rubia que trabajaba un piso abajo.

Ni hablar. 


Y bien lo dijo:

Seamos realistas y hagamos lo imposible

Ernesto Guevara.


Ergo sum qui sum.

Pero, eso lo digo yo.

 

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