Editorial
Aun se escucha a quienes dicen que las mujeres no deberían de estudiar y mucho menos optar por una carrera profesional, pues al final no ejercen porque deberán de abocarse a las labores del hogar y de la familia. Cientos de mujeres son tratadas como objetos, aún aquellas que por libre decisión y orilladas por otras circunstancias deciden comerciar con su cuerpo.
Denunciar una violación puede equivaler al desprestigio y el señalamiento de la sociedad por lo que muchas deciden no denunciar, ni siquiera platicar. También las hay quienes son maltratadas por sus esposos y pareciera un suceso costumbrista, y hasta son cuestionadas por la familia por sacar a la luz lo que se debe lavar en casa.
Los diarios que dedican extensos espacios del llamado aviso oportuno, en su sección de servicios ofrecen como producto de lujo y gran calidad a las más jóvenes –en foto real- para el recreo sexual.
Es imposible esconder cómo en muchos de nuestros pueblos en todo México, apartan a las niñas desde muy pequeñas para ser compradas como esposas. Se constituyen así, matrimonios desiguales que obedecen primero a las reglas de una comunidad y luego al desprecio que se hace de la mujer.
Las investigaciones en los feminicidios rara vez pueden obviar el factor de la provocación de la mujer, ya sea por su propio género, por su físico, su vestimenta o repertorio motriz, y suceden en el ámbito de nuestras fronteras que, comprenden desde Ciudad Juárez hasta Tapachula.
La sociedad aún no entiende que la mujer es parte de la misma y al vulnerarla, despreciarla, subvaluarla o incluso exaltarla, irrumpe en el desempeño y desarrollo natural de los grupos humanos.
No es más ni menos.
Es una compa, una amiga, una igual.


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